No es que no haya personas en esta playa, pero que estén juntas no significa que estén acompañadas. ¿Cuántas veces observamos vida humana congregada en parques, edificios, escuelas? ¿Cuántos de ellos llevan impresa en su mirada una sonrisa? ¿Todos? Es probable, pero ahora contestadme la siguiente pregunta: ¿Cuántos de ellos sonríen verdaderamente? ¿Ninguno? Más probable aún.
Sombrillas esparcidas en estratégicas posiciones, conversaciones mundanas, una joven se lleva a su boca el helado que acaba de comprar, al parecer es de agua y de un fuerte color rojo llameante, lo aleja con un gesto despectivo, frunciendo los labios en una mueca de desagrado. ¿A qué sabe el helado? Es un gusto fuerte, que se adhiere a cada enzima corporal, amargo pero dulce a la vez, recorre el organismo como las motas de polvo en un rayo solar, sabe a tierra, humedad, sangre, basura, si lo definimos mejor: sabe a muerte. Igual que el jugo y las galletas que guardaron impecablemente para la ocasión, el aire huele a muerte y a desesperación. 
¡Procesión de frágiles y vacuos envoltorios!




No hay comentarios:
Publicar un comentario
Pájaros han volado.