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miércoles, 20 de octubre de 2010

Carta II


Mi ausencia repentina y sin explicación aparente dio por finalizada.

Necesitaba escribirte para recordar quién soy, qué es lo que busco en estos pasillos de muerte acumulada, de insectos que zumban alrededor de carne putrefacta.

El día del aniversario hacía frío, incluso cayeron algunas gotas sobre las baldosas del barrio, casualmente cuadrados blancos y negros, me llevó al argumento de que quizás algún Dios gustaba de jugar al ajedrez o a las damas de manera imaginaria en nuestras calles.

Entonces miraste a través de mis ojos, como tantas otras veces, y sentiste el olor del aire viciado de tormenta, te regocijaste en el intento acostumbrado de vivir un segundo más experimentando los placeres terrenales que ningún paraíso jamás compraría.

¿Y cuántas noches debía levantarme sintiendo el aroma a un cigarrillo que jamás encendí pero que parecía conocer y agradarme? ¿Qué me llevaba a dejar el retrato intacto con tu mirada atrapada?

Debo pedirte perdón y confesarte que, sin razones ni justificativos, hay momentos en que el pánico se apodera de mis creencias, cuando proyecto tu llegada y no tu partida, cuando pienso que te apoderarás sin reparos de mí ser.

Una tarde me encontraba con una amiga, como solía pasarnos acabamos contando historias de terror, un ruido inesperado tiñó la casa de tonos oscuros, ella me miró y a continuación pronunció: cuando estoy con vos suelen ocurrir estas cosas, es como si te siguieran. No, ¿sabés qué? Es como si los fantasmas estuviesen adentro tuyo.

Y nadie pudo estar más acertado en la historia. La vida pasa, y la gente pasa con la vida, al menos la gente común, todos tienen una particularidad: suelen jurar que se quedarán para siempre. En ciertas ocasiones y con determinadas personas estuve a punto de contar el secreto, aún a sabiendas de que, quizás, dejaría de ocurrir si lo pronunciaba en voz alta, generalmente un hecho terminaba con la relación, hasta que comprendí que nadie iba a quedarse, porque a nadie le importabas vos, ni yo, ni Europe, ni Verónica, no les importaba saber que no había bailes y tampoco mujeres.

Esas madrugadas ambiguas en que temo tu aparición reclamando mi cuerpo prestado sin plazo de devolución y a la vez rezo por una señal. No, nadie nunca estaba, por eso el barco debía subir el ancla nuevamente y continuar viaje, quizás encontremos otro pueblo que no se llame Verónica, quizás en él hallemos algún bar, para tomarnos unas copas y contarnos qué es de la vida, cómo van las cosas del otro lado, cómo continuaron las rutinas de este barrio y cómo comunicarnos sin caer en la demencia… mientras a través de las ventanas el golpe irregular de la tormenta azota las terrazas de chapa.

Siempre apareces en el fondo de mis ojos, en esos espacios en que uno no desea mirar por temor.

¿Hay postales donde estás?

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Pájaros han volado.