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sábado, 23 de octubre de 2010

Retrato caleidoscópico


El chico recordaba haber visto a su hermano durante horas jugar con un objeto que no podía clasificar. No le preguntó qué era, ni dónde lo había conseguido, ni qué habitaba su interior que lo hiciese tan especial como para que admirasen su contenido con detenimiento exasperado. Al fin ese suceso desapareció, abatido con una frase cortante producida por su hermano: "Que porquería este viejo artefacto."
Se llevaban diez años de diferencia y, por ese entonces, el chico cursaba tercer grado. Regresaba corriendo de la escuela enfrentando una batalla imaginaria con dragones, aunque los fines de semana podían ser vampiros, siempre y cuando él no estuviese trabajando en el cuartel policial como detective.
Raras veces cruzaba palabras con su hermano, que se encerraba en la habitación que le correspondía para realizar las tareas encomendadas en el colegio, estaba en último año y en breve comenzaría la facultad, razón por la cual sus padres lo perseguían con acotaciones como "hay que pensar en el futuro", "no pierdas tiempo en aquello que no sirve", "mejor que estudies o ni siquiera Dios podrá ayudarte" pero, en vista de que Martín mantenía su firme posición de ateo, no le molestaban los reproches, sermones o consejos de sus padres que involucraran un ser superior. Ellos gustaban de proferir discursos pero sin relacionarse de manera directa con su hijo.
El chico no recibía mucha atención por esos días, solía estar en el patio buscando insectos para estudiar bajo su lupa -prefería las mantis religiosas ya que sus rostros tenían, a su parecer, cierto aire humanoide- o espiando a los vecinos por encima de los tejados, tarea complicada cuando lo escuchaban y se veía obligado a correr para esconderse, procurando no romperse una pierna si resbalaba con tejas quebradas o flojas por las continuas tormentas que recaían en la población.
Cuando la atención de sus padres se enfocó en un núcleo central basado en él, no encontraba parangón en el contexto social, acostumbrado a la soledad en que se había criado deseaba que su hermano volviese. Claro, los padres ahora notaban que sus hijos crecían, que las plantas se marchitaban aunque fuesen regadas, que al día le pisaba los talones la noche, a punto de alcanzarlo.
Le dieron la habitación del hermano, que era notoriamente más espaciosa, con un doble ropero y pegatinas de equipos de fútbol que había decidido no llevar a la facultad. El chico transformó el ambiente oscuro en lo que podría considerarse la cueva de un entomólogo, con imágenes de insectos volando, colecciones de diminutos visitantes nocturnos reposaban en frascos de vidrio esperando su turno para ser inspeccionados, y algún juguete reciclado de su etapa anterior. Así, en poco tiempo, el lugar pasó a tener su aroma, su toque personal y dejó de pertenecer a su hermano.
Un día, mientras el chico buscaba debajo de la cama algo vivo e interesante para cortar con su bisturí, se topó de improviso con el objeto que su hermano había calificado con falta de sentido. Lo llevó instintivamente a su ojo izquierdo y, mientras cerraba el derecho, lo comenzó a girar con el movimiento decidido y rítmico de las manos.
Arrojándolo al suelo corrió desesperado escaleras arriba, buscando el teléfono, tanteando la negrura que se alzaba sobre la casa, mientras el sol se ocultaba detrás de los árboles para descansar hasta el próximo amanecer. Encontró el viejo celular de su padre en el escritorio de los documentos a pagar, con gruesas lágrimas que desbordaban por las mejillas ahora coloradas, apretó la tecla correspondiente al marcado automático que lo contactaría con su hermano.
- ¿Papá?- preguntó la voz al otro lado.
- No, Martín, no puedo soportarlo..
- ¿Qué? ¿Qué pasó? ¿Están bien mamá y papá?
- Ellos están trabajando. ¿Por qué lo dejaste?
- ¿Por qué dejé qué cosa? ¡Estoy ocupado y a diez kilómetros como para que me llames!- su tono exacerbado iba en aumento.
- El caleidoscopio, sé que se llama así porque vi su nombre dentro, vi muerte, Martín, vi sueños, esperanzas, gente que lloraba. ¿Por qué, Martín, por qué un chico de mi edad debe ver cosas como esas en un cilindro? Personas que se odian, personas que se ahorcan, otras se envenenan, algunas se aman, pero en poco...
- ¡Basta! ¿El caleidoscopio? Esa basura está rota, por eso la dejé.-
El hermano cortó, el chico se arrodilló mientras sostenía su cabeza con los débiles brazos, los objetos le circulaban la mente poblada de ideas que no conseguía comprender..
Guerras atómicas, flechas con fuego, cerdos que chillaban en mataderos y matarifes que sonreían acorralando su presa, madres que sufrían la muerte de sus hijos, esclavizadores y esclavizados, triángulos amorosos, dolor, tristeza y muerte dejando un punto final a la oración demacrada.
Y, aunque cuando el chico se armó de valor para investigar el misterioso suceso, como impulsado por la voz de Martín, el mismo dejó de funcionar mostrando simplemente vidrios rotos en su interior, decidió conservarlo, el ruido que hacía al girar convocaba la imagen de cuchillos volando hacia el vacío con un sonido entrecortado de naturaleza incinerada. Así, el chico pasó horas dándole vueltas a los crujientes cimientos que ya no mostraban galaxias, sino polvo estancado que parecía no existir.

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Pájaros han volado.