Muchos dudarán de mi cordura al finalizar este relato, me atrevo a aventurar la posibilidad de que aleguen un conflicto de doble personalidad. Sin más preámbulos destaco que estos hechos acontecieron mi morada, más allá de lo inusual o paulatinamente agravante. ¡Oh, más Dios piadoso no hubiese permitido esto!
Habían pasado ya tres años de la desaparición de mi esposa, con una clasificación de abandono del hogar la policía dejó de investigar, dando por cerrado el caso. Indignado y dolido, sufrí los temores de la desesperación agobiante, siendo conocedor del espíritu noble de mi mujer, persona que jamás haría algo como aquello.
Pasé largas y tediosas noches en soledad, tardes con mis Heliconias que comenzaban a crecer, hasta ese entonces mi carrera ocupaba el puesto primordial de mis deberes, pero ahora que tomaba un receso por motivos obvios poseía el tiempo suficiente para sentir la felicidad de ver nacer a una flor. Los días se acumularon en una especie de torre, hasta que Hector, un vecino con quien nunca había mantenido una conversación que valiera la pena recordar, empezó a plantear un acercamiento, en mi carácter de persona afectada por un trauma me pareció que de la noche a la mañana nos habíamos convertido en amigos, aunque probablemente se trataron de meses.
Trasgredimos esa barrera de palabras banales para volvernos a temas como la existencia de un camino después de esta vida, las razones por las que el hombre infringía crueldades, y temas de esa índole.
Él era un derroche de cultura, emanaba de los poros sabiduría extraída de quien sabe donde, su tez blanquecina y en perfectas condiciones, junto con sus lentes de marco grueso, revelaban símbolos de juventud y buena disposición.
Conseguí un amigo, no era un intercambio justo: un agujero negro tragando a mi mujer a cambio de una amistad, pero me consolaba, después de todo, quizás ella sí…no, nunca, no me dejaba pensar ni siquiera minimamente que ella era capaz de irse y dejarme atrás.
Una madrugada, como tantas otras, me desperté entre sudores fríos y lágrimas que empapaban las sábanas, nuevamente había soñado con esa pesadilla recurrente, donde veía a mi esposa feliz, rodeada por un aura de luz, en un lugar en el cual la paz y la armonía no eran deseos sino seguridades, ella recogía flores en una cesta de mimbre, llevaba su vestido de tela azul y un sobrero de paja, por el que se escapaban mechones de su lacio cabello rojizo, me miraba con ojos insondables tratando de explicarme que estaba bien, pero cada vez se acercaba más al final del claro, donde tomaba una flor que no llegaba a ver, ya que mi atención estaba enfocada en el intento de gritar con todas mis fuerzas: ¡cuidado, es un acantilado!
Eran las 03:19, los recuerdo porque miré fijamente el reloj de la mesa de luz, me dirigí al baño con ciertos espasmos musculares, con el fin de ingerir alguna de las pastillas que consumía para conciliar el sueño, se suponía que una era suficiente, pero esa noche me sentía más devastado que nunca, por lo que decidí que tomaría cuatro. Volví con lentitud a mi habitación, pero al abrir la puerta me encontré con una realidad escalofriante: había, después de casi cuatro años, una mujer en mi cama.
La miré estupefacto, vestida completamente de negro, era tan menuda que parecía una niña, pero cuando fijó sus ojos en los míos pude contemplar que en su rostro estaban impresos y grabados gran cantidad de años, de nuevo mi capacidad de articulación se había esfumado, razón que me llevó a odiarme a mi mismo, experimentaba la desgracia que diariamente viven los mudos. Ella me señaló, y habló rellenando el espacio que mi voz dejaba: el jardín de Heliconias. Esas fue la única frase que pronunció, tras esto se puso en pie, se acercó a la ventana y, aunque traté de socorrerla ya se había arrojado. Corrí frenético hasta el punto de visión más óptimo, cosa de la cual me arrepiento hasta este día, la vi volar con sus grandes alas de ángel negro, luego de dar una noticia desagradable seguía su senda de muerte y putrefacción.
Cuando me levanté eran las seis de la tarde…pero del otro día, el medicamento excesivo provocó que durmiese más de veinticuatro horas de reloj. Me asombré de manera increíble, tomé ese hecho como explicación a aquello imposible que había vislumbrado.
Tras zamparme dos porciones grandes de comida para recuperar la fuerza, me asomé por la ventana con el fin de contemplar mi preciado jardín de Heliconias, noté algo distinto, bajé corriendo por las escaleras para tomar lo más rápido posible ese objeto, lo giré en mis manos y lo rocé para asegurarme que estaba allí, en otros momentos una pluma negra, como de cuervo, de ave de carroña, no significaría nada para mi, pero… en esas circunstancia y al lado de una flor.
La noche comenzaba a caer, era invierno razón por la que oscurecía tan temprano en el hemisferio norte, pronto nevaría y debería despedirme de mis flores, pero tenía la certeza de que algo extraño estaba ocurriendo, necesitaba cerciorarme por mi cuenta.
Tomé una pala del garaje, regresé al jardín y, con demasiado dolor, masacré una por una mis heliconias, creyendo que estas eran las culpables de mis desgracias y depresiones, odiándolas en lo más profundo del corazón por haber hecho que un ángel negro, un ángel de la muerte maldijera mi morada, las destruí entre llantos, viéndolas morir en la noche que Saturno se asomaba a espiar nuestros condominios, grité hacia el cielo y enterré la pala hasta lo más profundo de la tierra, pero golpeó contra algo, hizo un ruido hueco, como si chocase contra una piedra fina pero de consistencia resistente, arrojé el material hacia el costado y continué con mi trabajo, cuando acabé con la capa superficial no podía creer lo que estaba viendo, el brazo de mi mujer, en su antaño hermosa mano brillaba nuestro primer anillo de compromiso, me corrí hacia un costado y vomité.
Cuando levanté la mirada -llamado por un demonio- pude distinguir entre la espesa negrura sobre el tejado de mi vecino al ángel de la noche aquella y, como señalándome lo obvio, su mano caía. Seguí el recorrido y, sino fuese por el brillo de las estrellas o quizás del mismísimo Saturno, los lentes que me observaban detrás de la ventana nunca se hubiesen reflectado. Corrí hasta lo de Hector pidiendo ayuda, necesitaba compartir la información que ahora conocía, porque era demasiado para mi, entré sin golpear, era la primera vez que subía a su habitación, al oprimir el interruptor de la luz me enfrenté a un hombre distinto, sus ojos habían cambiado, eran los ojos de un asesino.
Comprendí todo en un segundo de iluminación, hasta pude verla morir, sentí el olor de su sangre chorreando la alfombra que ahora era roja desvaída.
- ¿Por qué?- le pregunté.
- Porque pude.- contestó. Fue la razón más egoísta, ninguna de las veces que pensé encontrar al asesino de mi mujer creía posible una respuesta como aquella.
Hector era del departamento policial que investigó los hechos, me había confirmado que se realizó todo lo que estaba en sus manos, y ahora compondría que por eso nunca se encontró al culpable, ni siquiera en sueños la policía lo detendría.
Me dejó ir, con la única condición de que me alejara, fue exactamente lo que hice, el ángel no se fue, sigue aquí conmigo, a veces viaja y me trae noticias de mi esposa, ella no hubiese querido que me enfrentara a Hector…por algo me engañaba con él, algo salió mal y las cosas terminaron así. No la odio, pero tampoco la amo, me encuentro en una especie de estado entre el cielo y la tierra, con la diferencia de que poseo un ángel, aunque sólo sea de la muerte.





