Nunca una frase debería empezar con las palabras 'no puedo', ya que por consiguiente afirmaríamos la obligación de evitar -o no continuar- determinado hecho.
Si tenían que hacerlo sería sin errores, porque las cosas rápidas no eran duraderas, decía siempre la madre de Marcos. Meditaron durante meses los factores determinantes para trazar un plan infalible que, ciertamente, tildaban de inexistente cuando la madrugada caía sobre ellos en el patio de abedules.
Mañana quizá será el día en que podamos concretarlo, pensaba Jazmín, pero luego ocurría un percance como la repentina aparición de Susana, con su trapo de piso y balde repleto de agua, recorriendo los pasillos de la casa para que sus dueños pudiesen lucir pisos exageradamente pulcros en las tertulias recurrentes de los Domingos por las tardes.
-No desesperes, el momento llegará.- Le decía Marcos, entonces su vida volvía a poseer sentido, porque significaba que él la esperaría.
A veces tenían miedo, ella apenas una niña de 16 años y él un hombre de 20, planeando asuntos inimaginables que harían sonrojar a las damiselas que asistían a los banquetes, pero cuando se miraban recobraban la cordura, aún sabiendo que si alguien se enteraba estarían condenados por los pecados cometidos.
Ya pasados diez días del primer intento fallido, Jazmín recibió un mensaje debajo de la puerta de su habitación: "Ésta noche." Y, como era de esperarse, estaba firmado con una gruesa cursiva inglesa que rezaba M.
Por esa época varias personas notaron la repentina cercanía entre Marcos y Jazmín, alguna que otra mirada de soslayo que no pretendía más que postergar la aceptación de su querer, señales secretas que pertenecían al mundo que crearon para no sentirse solos; Julia, la cocinera, aseguraba haberlos encontrado susurrándose misteriosas oraciones al oído. Por lo tanto, Jazmín decidió que lo más sensato sería tragarse el papel que acababa de leer, de esa manera nadie podía volver a encontrarlo en el caso de que intentasen unir cabos sueltos.
Bajó a la recepción y allí encontró a su querido y bienintencionado Marcos, manteniendo una conversación con ocho hombres que, por supuesto, pertenecían a la clase alta. Que clima terrible, mis pacientes no soportan la humedad, dijo uno de los doctores, a mi no me molesta, para hacer cuentas no necesito un día determinado, se jactó el contador, mientras Marcos los observaba con una media sonrisa.
Jazmín pasó a toda prisa por el pasillo, no sin antes dedicarle una mirada con sorna a su allegado, no comprendía cómo Marcos representaba de manera tan perfecta el papel que le había tocado, participaba de conversaciones mundanas sin permitir que decayese el ambiente, hasta ella temía que no fingiese.
Lo esperó durante hora y media sentada en una silla roja que evocaba su infancia, aunque no estuviese alejada de esos vestigios de ardor infantil. Cuando él llegó sintió que el corazón explotaría debido al exceso de adrenalina, estaban en la última pieza de la casa donde los ricos arrojaban los trastos que ya no les servían más que para incomodar en las fiestas. Se miraron y, cuando una lágrima asomó a los ojos de Jazmín, Marcos la abrazó hablándole al oído:
- No hay forma de volver el tiempo atrás.-
Le arrancó con despecho el tapado rojo que lucía con esmero, ella miró los ojos azules que la acompañaban desde que tenía uso de razón y, por primera vez en mucho tiempo, se sintió segura. Debían hacerlo, no de manera individual, sino juntos, ambas cosas eran extremadamente distintas. Así que Jazmín puso la mano derecha sobre el tapado, Marcos la izquierda, a continuación, cubrieron la cabeza del viejo para que éste ya dejase de respirar.
Ahora era Marcos quien lloraba, pero no fue razón suficiente para que detuvieran el accionar, pues los planes se llevaban a cabo bien y hasta el final. El Viejo los había cuidado durante toda su niñez, en el esplendor de la salud y los juegos, era la nostalgia en persona pero jamás negaba una sonrisa. Cuando los adinerados se juntaban a fumar habanos, él prefería llevar a Jazmín y Marcos al jardín de la casa, donde les recitaba poesía y cuentos para hermanos pequeñines que soñaban con ser piratas. Si estaban castigados por alguna travesura, él les acercaba secretamente chocolate. Todo lo que un buen abuelo haría por sus nietos. Cuando Julio enfermó varias personas mayores se responsabilizaron de su cuidado, tras dos años de agonía y sin mejora, lo confinaron a la habitación oscura donde sólo colocaban bártulos insignificantes y alguna que otra mascota que ya no querían. El Viejo (como lo apodaron los comerciantes no por su edad sino por su piel repleta de arrugas provocadas por el exceso de trabajo) ya no tenía cura para su enfermedad, hogar donde vivir, ni razón en la cual refugiarse, por lo tanto era deber de Jazmín y Marcos acabar con esa tortura ya que ellos, en su condición de asesinos, eran los únicos que lo amaban a él y no a su dinero.
Mientras en recepción sonaba una balada, las carcajadas como estruendos de platos rotos recorrían el pasillo indicando que los invitados habían comenzado a ingerir alcohol desde temprano, El Viejo miró a los captores y recobrando el control de su cerebro por un último segundo les trasmitió agradecimiento.
Tuvieron años para meditar lo ocurrido ese nueve de enero, pero a la única conclusión que lograron abordad fue que, tras la partida del Viejo, jamás volvieron a ser los mismo, ni ellos, ni la casa, que se tiñó de gris muerte.