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martes, 28 de septiembre de 2010


Dudas tú espíritu estremecían
En el sonar de un otoño vagabundo
Se reflejaba en el rostro moribundo
De un verano que en tus ojos arremetía.
Y en una batalla distraída
Caían tus defensas en destello furibundo
Aceptando la llegada que anunciaba tú retiro.
Las damas llorando el sentimiento iracundo
Que acompaña la negación de cada muerte
Refugiada en el sentimiento latente, gritando:
¡No te irás de éste mundo!
Tus ojos desterrando imponentes Ríos
Se alzaban sobre el Paraná
Cosechando desvaríos antes de acabar.
Danzaban pájaros en las sombras
Que regabas al pasar
Y en la oscuridad una alondra,
En cruel vaticinio
Marcó con una pluma el final.
Mas sólo tú recuerdo mantengo con fervor
En las estaciones del pasar,
Pues un jardín no es nostalgia sin error
Y la vida no se negocia en un bazar.
En el nervio incandescente de una noche
Que abrazando tu esqueleto
Cualquier pacto resulta tentador
Con la chance de comprobar tu sinrazón.
Y la mantis nuevamente
Me despierta de los sueños
Para avisarme incompetente
Que Sergio ya murió.

lunes, 27 de septiembre de 2010

El viejo que se vistió de gris


Nunca una frase debería empezar con las palabras 'no puedo', ya que por consiguiente afirmaríamos la obligación de evitar -o no continuar- determinado hecho.
Si tenían que hacerlo sería sin errores, porque las cosas rápidas no eran duraderas, decía siempre la madre de Marcos. Meditaron durante meses los factores determinantes para trazar un plan infalible que, ciertamente, tildaban de inexistente cuando la madrugada caía sobre ellos en el patio de abedules.
Mañana quizá será el día en que podamos concretarlo, pensaba Jazmín, pero luego ocurría un percance como la repentina aparición de Susana, con su trapo de piso y balde repleto de agua, recorriendo los pasillos de la casa para que sus dueños pudiesen lucir pisos exageradamente pulcros en las tertulias recurrentes de los Domingos por las tardes.
-No desesperes, el momento llegará.- Le decía Marcos, entonces su vida volvía a poseer sentido, porque significaba que él la esperaría.
A veces tenían miedo, ella apenas una niña de 16 años y él un hombre de 20, planeando asuntos inimaginables que harían sonrojar a las damiselas que asistían a los banquetes, pero cuando se miraban recobraban la cordura, aún sabiendo que si alguien se enteraba estarían condenados por los pecados cometidos.
Ya pasados diez días del primer intento fallido, Jazmín recibió un mensaje debajo de la puerta de su habitación: "Ésta noche." Y, como era de esperarse, estaba firmado con una gruesa cursiva inglesa que rezaba M.
Por esa época varias personas notaron la repentina cercanía entre Marcos y Jazmín, alguna que otra mirada de soslayo que no pretendía más que postergar la aceptación de su querer, señales secretas que pertenecían al mundo que crearon para no sentirse solos; Julia, la cocinera, aseguraba haberlos encontrado susurrándose misteriosas oraciones al oído. Por lo tanto, Jazmín decidió que lo más sensato sería tragarse el papel que acababa de leer, de esa manera nadie podía volver a encontrarlo en el caso de que intentasen unir cabos sueltos.
Bajó a la recepción y allí encontró a su querido y bienintencionado Marcos, manteniendo una conversación con ocho hombres que, por supuesto, pertenecían a la clase alta. Que clima terrible, mis pacientes no soportan la humedad, dijo uno de los doctores, a mi no me molesta, para hacer cuentas no necesito un día determinado, se jactó el contador, mientras Marcos los observaba con una media sonrisa.
Jazmín pasó a toda prisa por el pasillo, no sin antes dedicarle una mirada con sorna a su allegado, no comprendía cómo Marcos representaba de manera tan perfecta el papel que le había tocado, participaba de conversaciones mundanas sin permitir que decayese el ambiente, hasta ella temía que no fingiese.
Lo esperó durante hora y media sentada en una silla roja que evocaba su infancia, aunque no estuviese alejada de esos vestigios de ardor infantil. Cuando él llegó sintió que el corazón explotaría debido al exceso de adrenalina, estaban en la última pieza de la casa donde los ricos arrojaban los trastos que ya no les servían más que para incomodar en las fiestas. Se miraron y, cuando una lágrima asomó a los ojos de Jazmín, Marcos la abrazó hablándole al oído:

- No hay forma de volver el tiempo atrás.-

Le arrancó con despecho el tapado rojo que lucía con esmero, ella miró los ojos azules que la acompañaban desde que tenía uso de razón y, por primera vez en mucho tiempo, se sintió segura. Debían hacerlo, no de manera individual, sino juntos, ambas cosas eran extremadamente distintas. Así que Jazmín puso la mano derecha sobre el tapado, Marcos la izquierda, a continuación, cubrieron la cabeza del viejo para que éste ya dejase de respirar.

Ahora era Marcos quien lloraba, pero no fue razón suficiente para que detuvieran el accionar, pues los planes se llevaban a cabo bien y hasta el final. El Viejo los había cuidado durante toda su niñez, en el esplendor de la salud y los juegos, era la nostalgia en persona pero jamás negaba una sonrisa. Cuando los adinerados se juntaban a fumar habanos, él prefería llevar a Jazmín y Marcos al jardín de la casa, donde les recitaba poesía y cuentos para hermanos pequeñines que soñaban con ser piratas. Si estaban castigados por alguna travesura, él les acercaba secretamente chocolate. Todo lo que un buen abuelo haría por sus nietos. Cuando Julio enfermó varias personas mayores se responsabilizaron de su cuidado, tras dos años de agonía y sin mejora, lo confinaron a la habitación oscura donde sólo colocaban bártulos insignificantes y alguna que otra mascota que ya no querían. El Viejo (como lo apodaron los comerciantes no por su edad sino por su piel repleta de arrugas provocadas por el exceso de trabajo) ya no tenía cura para su enfermedad, hogar donde vivir, ni razón en la cual refugiarse, por lo tanto era deber de Jazmín y Marcos acabar con esa tortura ya que ellos, en su condición de asesinos, eran los únicos que lo amaban a él y no a su dinero.

Mientras en recepción sonaba una balada, las carcajadas como estruendos de platos rotos recorrían el pasillo indicando que los invitados habían comenzado a ingerir alcohol desde temprano, El Viejo miró a los captores y recobrando el control de su cerebro por un último segundo les trasmitió agradecimiento.

Tuvieron años para meditar lo ocurrido ese nueve de enero, pero a la única conclusión que lograron abordad fue que, tras la partida del Viejo, jamás volvieron a ser los mismo, ni ellos, ni la casa, que se tiñó de gris muerte.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

La casa del ayer


Ciertas puertas deberían permanecer cerradas por tiempo indeterminado. Quizás no abrirlas nunca sería la solución.
Cuando lo anterior ocurrió y los fantasmas salieron de la pieza, como si ellos mismos fuesen un rompecabezas de entes macabros y taciturnos, las personas se vieron atrapadas en laberintos transparentes guiados por los impulsos de vidas pasadas. Llegaron para enmendar errores, otros no podían evolucionar pero necesitaban sobrevivir. Algunos sin esperanzas, menos alejados de círculos concéntricos que delimitaban oscuros tanques de agua donde quién sabe qué podría haberse retorcido hasta morir, desde una paloma hasta un niño.
Nos miramos con ojos de Pandora intentando cerrar su caja misteriosa, con cinta, clavos, madera, lo que estuviese en nuestro alcance para bloquear la inmensa puerta, porque el intercambio de fantasmas había finalizado y era hora de alejarse.
Y la llave plateada giró por última vez dando a comprender que la historia se acababa en ese porche, la casa en la avenida seguía rugiendo, gritando, traspasando las barreras del sonido mental para infiltrarse en las comisuras del cerebro con un mensaje de: Volverás, será tarde, la puerta te absorberá, serás parte de esto por siempre.
Crucé las calles sin mirar sus nombres, sin detenerme a recuperar el aliento, porque quería desprenderme por completo de las ataduras que se habían cruzado en mi camino. Luego de recorrer unas diez manzanas a paso de liebre, enterré la llave en un jardín primaveral de una casa victoriana, la puerta sería problema de otro que respondiese a su llamado.
Nunca más, me dije esa noche y, estos días en que veo las estrellas alejadas del planeta sabiendo que ningún Dios aceptará mis súplicas, un escalofrío me recorre las vértebras mientras pienso: Volveré, será tarde… Pues todos regresaremos a ésa construcción para ser fantasmas olvidados de cenizas pisadas y muerte embravecida, recorriendo el living individual flotando sobre aquella arruinada alfombra que tuve la oportunidad de ver en contadas ocasiones, cuando mi vida titilaba entre el ahora y el después.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Los pájaros interplanetarios



Ella veía en el mural un grupo de garzas marcianas preocupadas por el indescifrable existencialismo, enredadas cual mata de polvo incandescente, deshilvanadas como telares antiquísimos de tierras orientales donde el humo de los fogones encierra historias rememoradas en las noches de estrellas y búhos. Ella contradecía los colores vivaces con su interpretación doliente sobre los rostros de las aves, el curandero de un pueblo hecho trizas en un tiroteo desfavorecedor.

Él, en un descuido, había derramado pintura sobre la pared, esparciendo la vertiente denigrante de la imaginación ajena.

Ella tenía un mundo que comenzaba con el abecedario, y a cada sustancia confería una voz, con un riego de rosas deshilachadas que hablaban sobre ecuaciones humanas… Arañaba cada superficie con su mente, un fragmento de vidrio evocaba el pasado, miles de manos eran capacitadas para portarlo en su intervalo, quizá una mujer europea lo lucía en forma de zarcillo simulando las joyas que había dejado en su tierra natal, tal vez un reparador asistiendo un televisor en blanco y negro rompió una botella y, en consecuencia, dejó caer el transparente material.

Ella parecía derramar a través sus poros lo espiritual y energético, por esta variante nunca nadie se atrevió a decirle que aquel mural, no era mural, sino mancha de un distraído. Buscó por años al creador de la obra para pedirle una explicación y murió en la gloria de no haberla encontrado.

Que se lleven lo que gusten, decía, pues los ideales aún no pueden sustraerse, mas seré pobre en lo económico pero las convicciones hacen girar mi mundo."

Y, cuando el crepúsculo divagaba rumiando su propio final, ella repasaba el contorno de las figuras del mural que se alzaba en la intersección de las calles Francia e Hirigoyen, de fondo sonaba un tango en el bar de la esquina, mientras se preguntaba: ¿Qué pensarán, esta noche, las garzas de Marte?