
Ciertas puertas deberían permanecer cerradas por tiempo indeterminado. Quizás no abrirlas nunca sería la solución.
Cuando lo anterior ocurrió y los fantasmas salieron de la pieza, como si ellos mismos fuesen un rompecabezas de entes macabros y taciturnos, las personas se vieron atrapadas en laberintos transparentes guiados por los impulsos de vidas pasadas. Llegaron para enmendar errores, otros no podían evolucionar pero necesitaban sobrevivir. Algunos sin esperanzas, menos alejados de círculos concéntricos que delimitaban oscuros tanques de agua donde quién sabe qué podría haberse retorcido hasta morir, desde una paloma hasta un niño.
Nos miramos con ojos de Pandora intentando cerrar su caja misteriosa, con cinta, clavos, madera, lo que estuviese en nuestro alcance para bloquear la inmensa puerta, porque el intercambio de fantasmas había finalizado y era hora de alejarse.
Y la llave plateada giró por última vez dando a comprender que la historia se acababa en ese porche, la casa en la avenida seguía rugiendo, gritando, traspasando las barreras del sonido mental para infiltrarse en las comisuras del cerebro con un mensaje de: Volverás, será tarde, la puerta te absorberá, serás parte de esto por siempre.
Crucé las calles sin mirar sus nombres, sin detenerme a recuperar el aliento, porque quería desprenderme por completo de las ataduras que se habían cruzado en mi camino. Luego de recorrer unas diez manzanas a paso de liebre, enterré la llave en un jardín primaveral de una casa victoriana, la puerta sería problema de otro que respondiese a su llamado.
Nunca más, me dije esa noche y, estos días en que veo las estrellas alejadas del planeta sabiendo que ningún Dios aceptará mis súplicas, un escalofrío me recorre las vértebras mientras pienso: Volveré, será tarde… Pues todos regresaremos a ésa construcción para ser fantasmas olvidados de cenizas pisadas y muerte embravecida, recorriendo el living individual flotando sobre aquella arruinada alfombra que tuve la oportunidad de ver en contadas ocasiones, cuando mi vida titilaba entre el ahora y el después.
Nos miramos con ojos de Pandora intentando cerrar su caja misteriosa, con cinta, clavos, madera, lo que estuviese en nuestro alcance para bloquear la inmensa puerta, porque el intercambio de fantasmas había finalizado y era hora de alejarse.
Y la llave plateada giró por última vez dando a comprender que la historia se acababa en ese porche, la casa en la avenida seguía rugiendo, gritando, traspasando las barreras del sonido mental para infiltrarse en las comisuras del cerebro con un mensaje de: Volverás, será tarde, la puerta te absorberá, serás parte de esto por siempre.
Crucé las calles sin mirar sus nombres, sin detenerme a recuperar el aliento, porque quería desprenderme por completo de las ataduras que se habían cruzado en mi camino. Luego de recorrer unas diez manzanas a paso de liebre, enterré la llave en un jardín primaveral de una casa victoriana, la puerta sería problema de otro que respondiese a su llamado.
Nunca más, me dije esa noche y, estos días en que veo las estrellas alejadas del planeta sabiendo que ningún Dios aceptará mis súplicas, un escalofrío me recorre las vértebras mientras pienso: Volveré, será tarde… Pues todos regresaremos a ésa construcción para ser fantasmas olvidados de cenizas pisadas y muerte embravecida, recorriendo el living individual flotando sobre aquella arruinada alfombra que tuve la oportunidad de ver en contadas ocasiones, cuando mi vida titilaba entre el ahora y el después.




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Pájaros han volado.