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domingo, 31 de octubre de 2010

Raquíticos y Calaveras

La fuerza abrasadora del mar consigue atraer algunas ostras perdidas junto con la corriente estival, arena por doquier, cangrejos escondidos y soledad en cada rincón.

No es que no haya personas en esta playa, pero que estén juntas no significa que estén acompañadas. ¿Cuántas veces observamos vida humana congregada en parques, edificios, escuelas? ¿Cuántos de ellos llevan impresa en su mirada una sonrisa? ¿Todos? Es probable, pero ahora contestadme la siguiente pregunta: ¿Cuántos de ellos sonríen verdaderamente? ¿Ninguno? Más probable aún.

Sombrillas esparcidas en estratégicas posiciones, conversaciones mundanas, una joven se lleva a su boca el helado que acaba de comprar, al parecer es de agua y de un fuerte color rojo llameante, lo aleja con un gesto despectivo, frunciendo los labios en una mueca de desagrado. ¿A qué sabe el helado? Es un gusto fuerte, que se adhiere a cada enzima corporal, amargo pero dulce a la vez, recorre el organismo como las motas de polvo en un rayo solar, sabe a tierra, humedad, sangre, basura, si lo definimos mejor: sabe a muerte. Igual que el jugo y las galletas que guardaron impecablemente para la ocasión, el aire huele a muerte y a desesperación.

¡Procesión de frágiles y vacuos envoltorios!

sábado, 23 de octubre de 2010

Vertiente diagramada que acaricia las rocas,
edificios que recaen derramando ladrillos en las calles,
bocas que reclaman necesidades,
manos que perforan el contorno de márgenes lapidarios.
La túnica que flota señalando culpables,
y ellos caminan con decisión hacia la silla eléctrica.
Electricidad por los poros turbios del mañana,
intercambio de miradas apaleadas en cubículos
que muestran sonoros chirridos y
puertas que se cierran detrás de nosotros.
Escalofríos cuando una oca recorre
las tumbas en que han de enterrarnos,
el moho carcome los huesos sin arrojar.
¡Que imponente la escalera mientras chorrea
degradación invitándonos a subir!
Y camino un peldaño,
y subo otro peldaño, y siempre cuento en las horas
olvidadas los recuerdos que ya olvidé.
Esquivo el número trece, para no tocar esa
madera putrefacta que anota mis acciones
entre gusanos blancos que estallan repletos de pus,
cerebros y pulmones,
Chubasco de abejas negras con sus aguijones.

Retrato caleidoscópico


El chico recordaba haber visto a su hermano durante horas jugar con un objeto que no podía clasificar. No le preguntó qué era, ni dónde lo había conseguido, ni qué habitaba su interior que lo hiciese tan especial como para que admirasen su contenido con detenimiento exasperado. Al fin ese suceso desapareció, abatido con una frase cortante producida por su hermano: "Que porquería este viejo artefacto."
Se llevaban diez años de diferencia y, por ese entonces, el chico cursaba tercer grado. Regresaba corriendo de la escuela enfrentando una batalla imaginaria con dragones, aunque los fines de semana podían ser vampiros, siempre y cuando él no estuviese trabajando en el cuartel policial como detective.
Raras veces cruzaba palabras con su hermano, que se encerraba en la habitación que le correspondía para realizar las tareas encomendadas en el colegio, estaba en último año y en breve comenzaría la facultad, razón por la cual sus padres lo perseguían con acotaciones como "hay que pensar en el futuro", "no pierdas tiempo en aquello que no sirve", "mejor que estudies o ni siquiera Dios podrá ayudarte" pero, en vista de que Martín mantenía su firme posición de ateo, no le molestaban los reproches, sermones o consejos de sus padres que involucraran un ser superior. Ellos gustaban de proferir discursos pero sin relacionarse de manera directa con su hijo.
El chico no recibía mucha atención por esos días, solía estar en el patio buscando insectos para estudiar bajo su lupa -prefería las mantis religiosas ya que sus rostros tenían, a su parecer, cierto aire humanoide- o espiando a los vecinos por encima de los tejados, tarea complicada cuando lo escuchaban y se veía obligado a correr para esconderse, procurando no romperse una pierna si resbalaba con tejas quebradas o flojas por las continuas tormentas que recaían en la población.
Cuando la atención de sus padres se enfocó en un núcleo central basado en él, no encontraba parangón en el contexto social, acostumbrado a la soledad en que se había criado deseaba que su hermano volviese. Claro, los padres ahora notaban que sus hijos crecían, que las plantas se marchitaban aunque fuesen regadas, que al día le pisaba los talones la noche, a punto de alcanzarlo.
Le dieron la habitación del hermano, que era notoriamente más espaciosa, con un doble ropero y pegatinas de equipos de fútbol que había decidido no llevar a la facultad. El chico transformó el ambiente oscuro en lo que podría considerarse la cueva de un entomólogo, con imágenes de insectos volando, colecciones de diminutos visitantes nocturnos reposaban en frascos de vidrio esperando su turno para ser inspeccionados, y algún juguete reciclado de su etapa anterior. Así, en poco tiempo, el lugar pasó a tener su aroma, su toque personal y dejó de pertenecer a su hermano.
Un día, mientras el chico buscaba debajo de la cama algo vivo e interesante para cortar con su bisturí, se topó de improviso con el objeto que su hermano había calificado con falta de sentido. Lo llevó instintivamente a su ojo izquierdo y, mientras cerraba el derecho, lo comenzó a girar con el movimiento decidido y rítmico de las manos.
Arrojándolo al suelo corrió desesperado escaleras arriba, buscando el teléfono, tanteando la negrura que se alzaba sobre la casa, mientras el sol se ocultaba detrás de los árboles para descansar hasta el próximo amanecer. Encontró el viejo celular de su padre en el escritorio de los documentos a pagar, con gruesas lágrimas que desbordaban por las mejillas ahora coloradas, apretó la tecla correspondiente al marcado automático que lo contactaría con su hermano.
- ¿Papá?- preguntó la voz al otro lado.
- No, Martín, no puedo soportarlo..
- ¿Qué? ¿Qué pasó? ¿Están bien mamá y papá?
- Ellos están trabajando. ¿Por qué lo dejaste?
- ¿Por qué dejé qué cosa? ¡Estoy ocupado y a diez kilómetros como para que me llames!- su tono exacerbado iba en aumento.
- El caleidoscopio, sé que se llama así porque vi su nombre dentro, vi muerte, Martín, vi sueños, esperanzas, gente que lloraba. ¿Por qué, Martín, por qué un chico de mi edad debe ver cosas como esas en un cilindro? Personas que se odian, personas que se ahorcan, otras se envenenan, algunas se aman, pero en poco...
- ¡Basta! ¿El caleidoscopio? Esa basura está rota, por eso la dejé.-
El hermano cortó, el chico se arrodilló mientras sostenía su cabeza con los débiles brazos, los objetos le circulaban la mente poblada de ideas que no conseguía comprender..
Guerras atómicas, flechas con fuego, cerdos que chillaban en mataderos y matarifes que sonreían acorralando su presa, madres que sufrían la muerte de sus hijos, esclavizadores y esclavizados, triángulos amorosos, dolor, tristeza y muerte dejando un punto final a la oración demacrada.
Y, aunque cuando el chico se armó de valor para investigar el misterioso suceso, como impulsado por la voz de Martín, el mismo dejó de funcionar mostrando simplemente vidrios rotos en su interior, decidió conservarlo, el ruido que hacía al girar convocaba la imagen de cuchillos volando hacia el vacío con un sonido entrecortado de naturaleza incinerada. Así, el chico pasó horas dándole vueltas a los crujientes cimientos que ya no mostraban galaxias, sino polvo estancado que parecía no existir.

jueves, 21 de octubre de 2010

Publicación Dedicada.




R.L. Stine (Robert Lawrence Stine) nació el 8 de Octubre de 1943.
En Nueva York se dedicó a narrar libros humorísticos infantiles, actividad que comenzó en 1968.
Allá por los años 80, publicó su primer novela de terror: Cita a ciegas. Se especializó en este género de manera impresionante, siendo el creador de la famosa colección Goosebumps (Escalofríos en América Latina) que cuenta con más de 50 libros, entre los que se destacan: "La niña y el monstruo", "¡Lo encontramos debajo del fregadero!", "Sonríe y muérete", "El reloj fatal" y el tan aclamado: "La noche del muñeco viviente" que, no conforme con dejar en vela a miles de niños de distintos países, tuvo su segunda y tercera parte con el fin de continuar robando horas de sueño. Cumpliendo con su cometido: "¡Cuidado, lector! Usted está a punto de llevarse un susto, de sentir Escalofríos."

Esta colección fue llevada a la pantalla chica, producida por Hyperion Pictures y Protocol Entertainment, en asociación con Scholastic Corporation, y emitida en el canal Fox Kids, en esos años 90 en que la televisión aún guardaba un mínimo de buena programación y algunos niños todavía disfrutábamos teniendo la oportunidad de mirar Cuentos de la Cripta en lugar de novelas sin sentido y con alto contenido sexual. Stine fue presentador de los capítulos, realizando distintas puestas en escena al previo comienzo de los mismos.

R.L. Stine también es autor de otras colecciones como: "Fantasmas, de Fear Street", donde los personajes principales también son chicos que se encuentran en la preadolescencia. En los libros de Stine uno puede notar la intención del autor de incorporar valores a los más jóvenes, se contempla cierto aire de heroísmo, chicos que superan sus más terribles miedos con ayuda de sus amigos o, en algunas ocasiones, hermanos.

Me despido con un:

¡Gracias, Stine, por habernos entregado el camino hacia la oscuridad!

Y por último,

Recomendación: Para todos aquellos que tengan parientes o conocidos jóvenes a los cuales desean realizar un regalo, les recomiendo que opten por títulos de este autor, se llevarán grandes recuerdos cuando sean adolescentes.

A continuación algunas imágenes:


miércoles, 20 de octubre de 2010

Carta II


Mi ausencia repentina y sin explicación aparente dio por finalizada.

Necesitaba escribirte para recordar quién soy, qué es lo que busco en estos pasillos de muerte acumulada, de insectos que zumban alrededor de carne putrefacta.

El día del aniversario hacía frío, incluso cayeron algunas gotas sobre las baldosas del barrio, casualmente cuadrados blancos y negros, me llevó al argumento de que quizás algún Dios gustaba de jugar al ajedrez o a las damas de manera imaginaria en nuestras calles.

Entonces miraste a través de mis ojos, como tantas otras veces, y sentiste el olor del aire viciado de tormenta, te regocijaste en el intento acostumbrado de vivir un segundo más experimentando los placeres terrenales que ningún paraíso jamás compraría.

¿Y cuántas noches debía levantarme sintiendo el aroma a un cigarrillo que jamás encendí pero que parecía conocer y agradarme? ¿Qué me llevaba a dejar el retrato intacto con tu mirada atrapada?

Debo pedirte perdón y confesarte que, sin razones ni justificativos, hay momentos en que el pánico se apodera de mis creencias, cuando proyecto tu llegada y no tu partida, cuando pienso que te apoderarás sin reparos de mí ser.

Una tarde me encontraba con una amiga, como solía pasarnos acabamos contando historias de terror, un ruido inesperado tiñó la casa de tonos oscuros, ella me miró y a continuación pronunció: cuando estoy con vos suelen ocurrir estas cosas, es como si te siguieran. No, ¿sabés qué? Es como si los fantasmas estuviesen adentro tuyo.

Y nadie pudo estar más acertado en la historia. La vida pasa, y la gente pasa con la vida, al menos la gente común, todos tienen una particularidad: suelen jurar que se quedarán para siempre. En ciertas ocasiones y con determinadas personas estuve a punto de contar el secreto, aún a sabiendas de que, quizás, dejaría de ocurrir si lo pronunciaba en voz alta, generalmente un hecho terminaba con la relación, hasta que comprendí que nadie iba a quedarse, porque a nadie le importabas vos, ni yo, ni Europe, ni Verónica, no les importaba saber que no había bailes y tampoco mujeres.

Esas madrugadas ambiguas en que temo tu aparición reclamando mi cuerpo prestado sin plazo de devolución y a la vez rezo por una señal. No, nadie nunca estaba, por eso el barco debía subir el ancla nuevamente y continuar viaje, quizás encontremos otro pueblo que no se llame Verónica, quizás en él hallemos algún bar, para tomarnos unas copas y contarnos qué es de la vida, cómo van las cosas del otro lado, cómo continuaron las rutinas de este barrio y cómo comunicarnos sin caer en la demencia… mientras a través de las ventanas el golpe irregular de la tormenta azota las terrazas de chapa.

Siempre apareces en el fondo de mis ojos, en esos espacios en que uno no desea mirar por temor.

¿Hay postales donde estás?

martes, 19 de octubre de 2010


I want to learn how to fly
I want to be respected
I want to get lucky
I want to get out of this dump
I just want to watch TV
I want to be loved
I want to be different
I want a brother and sister
I'd just rather be forgotten
I want to save the world
I want to be understood
I want to be rich
Man, I just want to be somebody
Julie's got the word today
She lost her job just one last pay
Life don't come easy anymore
Still strugglin'on by herself
Got a picture of Jimmy
There on the shelf
And she looks at him and says
Why did we let it go
I know that sometimes baby
We didn't see things eye-to-eye
But I got just one question
Did we have to say goodbye
Just like prisoners in paradise
Still far from heaven's door
We had it all but still we
Wanted more
Now I realize that I can't
Turn back the future's here
To stay but hey
We're just children of tomorrow
Hangin' on to yesterday
Jimmy still recalls the night
When he took his guitar
And headed on out
To find the big time
That was his dream
He gave up his past
And made it alright
But there's something missin'
In his heart tonight
Sometimes what you want
Ain't what you need
He misses drivin' down
To the lake at night
Holdin' his baby
In his arms so tight
Ain't it hard to find illusions
When you're livin' in a memory
Just like prisoners in paradise
So close but yet so far
There will come a time
No matter who you are
When you ask yourself
Was it right or wrong
For me to turn away but hey
We're just children of tomorrow
Hangin' on to yesterday.

(Europe.)

lunes, 18 de octubre de 2010

Ingrata imaginación


En esa hora determinada del anochecer, cuando solo el ulular de las aves nocturnas encandila nuestro sueño, escuché el sonido de un tren que, a mi parecer de cálculos adormecidos, no creí lejano.

Inmediatamente no pude obstruir el pensamiento que afloró a la superficie de la zona agradable entre el cerebro imaginable y los acertijos de la ciencia, quizá se trataba de Charlie el Chu-Chu, con su simpático rostro buscando amistad y buena compañía, o Blaine el Mono, con su lunático traqueteo desenfrenado intentando ahogar las palabras tontas, porque él no quería entrar en juegos tontos, o el expreso de Hogwarts, donde quién sabe qué aventuras enfrentaría el nuevo año escolar…

Opté por dormir mientras vagaba por esos paisajes en ocasiones desérticos porque, al fin y al cabo, cualquier aventura aquejaría o entretendría a otro protagonista, la gente normal simplemente sentía el vibrar de los carriles, los otros malditos afortunados iban en los vagones, mientras dormíamos. Que injusto había sido el Dios que confería nuestras andanzas.

viernes, 15 de octubre de 2010

Aunque sus palabras sonaban mejor, eran casi tan falsas como las ella. Porque solamente se trataba de eso: palabras y, lo deprimente, es que ella las había creído.

Volviendo de mi viaje intangible por los pasillos de lo deplorable y regresando a la realidad, sin más finalidad que retomar la seria costumbre de las preocupaciones que valen más que la ineptitud.
Período de desintoxicación.

Materiales:
-Libros.
-Sopa.
-Café.