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lunes, 18 de octubre de 2010

Ingrata imaginación


En esa hora determinada del anochecer, cuando solo el ulular de las aves nocturnas encandila nuestro sueño, escuché el sonido de un tren que, a mi parecer de cálculos adormecidos, no creí lejano.

Inmediatamente no pude obstruir el pensamiento que afloró a la superficie de la zona agradable entre el cerebro imaginable y los acertijos de la ciencia, quizá se trataba de Charlie el Chu-Chu, con su simpático rostro buscando amistad y buena compañía, o Blaine el Mono, con su lunático traqueteo desenfrenado intentando ahogar las palabras tontas, porque él no quería entrar en juegos tontos, o el expreso de Hogwarts, donde quién sabe qué aventuras enfrentaría el nuevo año escolar…

Opté por dormir mientras vagaba por esos paisajes en ocasiones desérticos porque, al fin y al cabo, cualquier aventura aquejaría o entretendría a otro protagonista, la gente normal simplemente sentía el vibrar de los carriles, los otros malditos afortunados iban en los vagones, mientras dormíamos. Que injusto había sido el Dios que confería nuestras andanzas.

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Pájaros han volado.