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viernes, 28 de mayo de 2010

La máquina de los alientos.


Los poetas de todos los tiempos regalaron voz a objetos inanimados- o animados- que carecían de ella, pues su fina sensibilidad no podía menos que reparar en el misterio que subyace a toda cosa. Este ensayo narra las vivencias de un árbol testigo del nacimiento y desarrollo de toda una comunidad, puede usted verlo en la intersección de las calles Chubut y Cullen, alzándose hacia el cielo diurno.

En la vida real, el papel del árbol menos decorativo lo cumplió un Ceibo que vio crecer a todas las generaciones de nuestra mediana sociedad, compuesta por un grupo de personas de baja posición económica, pertenecientes a este ámbito geográfico, y una considerable cantidad de inmigrantes provenientes de Europa, quienes llegaron escapando de una guerra y se encontraron con otra: la pobreza.

María del Rosario, hermana adoptiva de nuestro árbol (historia que contaremos mas adelante), formó parte de la generación que no necesitaba de la tecnología como método de vida, ellos eran la vida y, el trabajo, se consideraba dignificante, no una obligación.

Resumir es fácil cuando hablamos de un barrio como los de antes, otras estructuras generan disputas, pero en esta ocasión siempre era lo mismo: plaza central, casas de un solo piso, el almacén que fundó Reggiardo, el padre de María del Rosario, y que luego ella atendió, té con masitas a la cinco de la tarde y fiestas todos los sábados en el comité.

Pero cada poblado tiene algo en particular, una característica emblemática, que resuena como campanas cuando se lo nombra. En Barrio Belgrano tenemos a Gabriel. Reggiardo, un hombre de buen corazón, lo plantó en 1947, cinco años después de que su flor se nacionalizara. No voy a detallar demasiado este proceso porque yo ni siquiera existía en ese entonces, me enteré gracias a la oralidad que hace circular todos los asuntos importantes. Aunque no pude seguir su crecimiento triunfal en las tierras belgranenses tengo la oportunidad de asegurar que, aunque llegó con Reggiardo, no se fue con él.

El tiempo pasó, en el verano de 1962 inició una nueva década. Eran el futuro, un nuevo despertar. Recién en octubre 1967 dos pequeñas apodaron al Ceibo como Gabriel, en un juego de niños que consiste en dar nombre a cada hallazgo.

No nacieron siendo grandes. De pequeñas jugaban, con la hija de Filomena, a identificar mediante diversos métodos las palabras escritas en su cuerpo de planta, marcadas a filo de cuchillo como recuerdo de viejos amoríos adolescentes que, en la actualidad, habían desaparecido. “No quiero mentir, pero mucho ya habrán muerto...” expresó Mónica mientras rememoraba para informarme. Otros, según averigüé, sobreviven en pareja. Pero si sacamos porcentajes, es justo utilizar la palabra “desaparición” en todos sus variantes.

Disfrutaban disfrazándose de piratas, soñando una vida emocionante, cruel, dura, en ocasiones triste, ponzoñosa. Con el pasar del tiempo comprendieron que sin importar el disfraz la vida siempre era así.

La cúpula les enseñó a valorar, habitada por palomas que necesitaban su ayuda para sobrevivir, a veces caían pichones y, valientes, orgullosas, los devolvían a su nido. Espiando- costumbre heredada de ancestros- descubrieron que sus padres los mataban, a ninguna madre le causa placer que toquen a sus hijos pero, ¿robarles la vida?, era totalmente un exceso.

El reloj gira para todos, continuó su tic-tac constante mientras muchos de los adultos que conocían se iban marchando. Abandonando el territorio que en su momento los consideró un fruto, para florecer en un lugar que no conocían y que nada les había dado.

Dicen que la vida es un círculo, lo compruebo afirmando que no hace tanto tiempo atrás, algunos desertores regresaron a su localidad natal, donde las calles de tierra acabaron marchitándose (primero bajo arena que los chicos desparramaban, incluyendo a las dos niñas que dieron nombre al árbol, hasta hoy en día donde el pavimento es un recurso que consideramos esencial), lo único que no se transformó fue el aire rosarino, fiel a sí mismo. Cuando encuesté a los que volvieron les entristeció reconocer que el Ceibo (Gabriel, para nosotros) no es gigante como antaño; para los niños todos es grande. Los adultos minimizan, se consideran demasiado.

Reggiardo nos concedió un secreto a cada uno y, Gabriel, una realidad.

Es importante reconocer que los árboles escuchan más que los amigos y, tan honestos como son, no se permiten la mera posibilidad de traicionarnos jamás.

Mi subconsciente necesitaba una especie de introducción para asimilar lo que intenta expresar este texto, me alegro de haberla encontrado entre los archivos olvidados y polvorientos de los vecinos que se prestaron a contarme sus recuerdos: las personas no poseían métodos para vivir inmortalizados sin tener un gran talento o una dorada suerte. Eran una estación, a veces estaban y luego desaparecían, no había retorno ni gloria sin barro.

Desde su perspectiva y ubicación Gabriel vislumbró miles de historias, opté por contar la de un joven llamado Sergio, que demuestra que no sólo cambia la arquitectura en la sociedad sino también los ideales. Todos prefieren recordarlo como en ese entonces: a los diecinueve, la mejor edad, como solía decir con una sonrisa cómplice. Un reo de la época. Su hermana, a quien entrevisté, reconoció que si tuviera que elegir la imagen más emotiva para ella lo plasmaría en una hoja Kodak, parado al lado de su motoneta, cabellera castaña, camisa y campera haciendo juego, oscura, pero no de cuero, de forma infaltable, entre los dedos de la mano derecha esos cigarrillos en extremo fuertes que hacían toser a los muertos. Por desgracia las verosímiles digitalizaciones actuales eran fantasías para ellos.

Estereotipo de ese tiempo, discordante con nuestros contemporáneos mas cercanos pero nunca alejado de la idealización de toda mujer. Típico adolescente cuyos rasgos faciales recubren al hombre en que se ha de convertir.

Los miembros que conformaban el grupo de vecinos mas allegados a este entorno comentaron que la mirada de Sergio era melancólica. Me pregunté que habrían intentado decir, con el pasar de los meses jamás supieron explicármelo en concreto, tal vez se debía a su rostro, aunque todos los de su generación tuvieron esa nostalgia gravada.

Analizándolo ahora que transcribo lo investigado parecía que se preparaban para ceder el camino al obstáculo que venia detrás: la tecnología, intentaron correr para ganarle ventaja pero ya eran lentos y no solo los alcanzó sino que los extinguió casi por completo, fueron una minoría étnica y ella la persecutora en busca de una utopía que consiguió.

Oscar, el mejor amigo de Sergio, me confesó que compartían una personalidad poco grata para muchos, ninguno estaba preparado para adaptarse a imposiciones sociales, grupos urbanos en los cuales no se distinguen sus seguidores, eran propensos a soñar con la individualidad y las formas de expresión. Cada persona debía ser un mundo de superación y libertad mientras no involucrara el dolor ajeno. Construcción era su lema, pero se referían a lo espiritual, no hablaban sobre aquellas estructuras que comenzaban a perfilarse con rasgos de simplicidad.

Utilizo las palabras exactas de Filo, que describirán mejor que nada la imagen planteada: “La existencia es sabia”.Pues, si esto es cierto, los preparaba para las desventuras que atravesarían. Las últimas veces que vieron a Sergio, antes de que varios se marcharan al exterior- aunque solo fuese Buenos Aires- ya no era el de antes, estaba flaco hasta los huesos, su rostro paralizado conservaba una pizca de la belleza interior, mientras su alma se desprendía del cuerpo. Murió siendo joven.

Las personas que tuvieron la desgracia de afrontar situaciones como esta comprenderán que uno de los primeros sentimientos que embarga el corazón de aquél que perdió a un ser querido es desear tener la posibilidad de estar a su lado para siempre.

Mi generación no conoció a Sergio, pero pudieron hacerlo las niñas nacidas en 1962. Discutiendo con personas de mi edad llegamos a tener miedo de las conjeturas que formulaban nuestras mentes: de un modo puramente morboso lo envidiamos, después de todo él no debió superar el reemplazo de los casets, ni que Queen se reproduzca en emisoras de escasa señal.

Él, como cada miembro de esta comunidad, caminó despreocupadamente miles de veces por la esquina donde habita el Ceibo, y el tiempo será el único en definir cuando nosotros dejaremos de transitar aquella esquina.

Gabriel no pudo presenciar cuando, en la época de la dictadura, una pareja envolvió a su hijo recién nacido en un colchón, arrojándolo a la casa continua para salvarle la vida, pero pudo contemplar como el matrimonio salió del hogar embistiendo la calle con rostros amenazadores, defendiendo sus creencias y cayendo estrepitosamente sobre el cordón de la vereda, ya sin vidas ni protestas, cuando resonaban las ametralladoras.

Pero no todo fue lágrimas en este barrio, a medida que sus extensiones ramificadas crecían acumuló gratas imágenes. Desde casamientos, navidades compartidas sobre tablones, la nevada del 73’, parquecitos donde se congregaba la multitud, hasta posicionarnos en los días actuales.

Todos los vecinos añoran inmensurablemente los paseos bordeando el Río Paraná, las manos del Tano, Reggiardo, dando yapas (algo que ahora no sucede con frecuencia), los recorridos por Barrio Belgrano antes de que colisionara con la urbanización, sólo había descampados delimitados por alambradas y una pelota furtiva comenzaba un partido con menos hinchas que jugadores pero de flamante esplendor, mientras pasaban el mate y no el teclado, los boliches eran en pueblos y una dama para bailar debía esperar que lo propusiera el caballero, allí se remonta el romanticismo casi inexistente en la actualidad.

Para mí Rosario siempre fue una autopista y, durante ese breve lapso, creían que era infinita, resoplaban con paso lento pero continuo, los adolescentes de hoy cruzamos este espacio como alma que lleva el diablo, manejando un vehículo a ciento ochenta kilómetros por hora, cuya única finalidad es un punto predeterminado en lugar del aprovechamiento del viaje. La mayoría quieren esforzarse de la misma forma en que un hombre con hacha en mano frena para disponer los derechos constitucionales del árbol que, decidido, talaría. Rosario siempre estuvo cerca, habremos cambiado, sí, seremos diferentes, pero la esencia es la misma. Después de todo, tengo pocos años, habría que preguntarle a Gabriel que piensa sobre este asunto conflictivo a la hora de un acuerdo.


sábado, 22 de mayo de 2010

Y si te vas, no vuelvas.


Cuando la ingenuidad franquea la idiotez el resultado acaba floreciendo cual fatalidad, por lo menos para algunos.

Confiaste en las alucinaciones retumbando en la demencia de una cueva, recorriendo el silencio para toparse con paredes que hacían eco deformando el sentido real.

Creíste en las malversaciones de un incrédulo ser.

Convertiste tu vida en un mero objeto, un ente que se posiciona en la mitad de hechos no relacionados con él, un sujeto que sólo es parte de una cadena sin fin de venganza, de ojo por ojo, de juego denotando lo involucrado nefastamente, una puesta en escena con excelentes actores, un teatro simulando contención esperando que desfallezcas sobre una red de sustento fabricada únicamente con imaginaciones.

Recorres el camino por una cuerda floja, hacia abajo la intensidad del dolor mientras la red desaparece, arriba los pájaros sobrevuelan el aterrizaje mortal para desgarrar tus partes deshechas, por delante la oscuridad se acrecienta…

Y la nada, la nada misma riéndose, ahora, a carcajadas de mí, señalándome con su dedo acusador y enfermizo.Y yo, dando pelea, intentando demostrar que no actué erradamente, que el golpe contra el suelo será atajado por algo más. Lo repito en voz alta, una y otra vez, para conceptuarlo interiormente. Pero lo pongo en tela de juicio, porque asumo el miedo que genera este tambaleante hilo que me sostiene para burlarse de mí, para rechinar sobre su grandeza etérea e inconsistente.

Pero el hilo, la cuerda, el sustento, no sabe de mi capacidad de continuar, no conoce mis intenciones, no posee los ojos necesarios que le permitan vislumbrar las tijeras plateadas que llevo a mi lado con el fin de cortarlo antes de que, irremediablemente, me suelte.

Voy a caer, pero caerá conmigo.

viernes, 21 de mayo de 2010

Para que lo sepas


Despertaba analizando, como en miles de ocasiones, mi vagabundeo por el mundo, mis pasos desanimados determinando el ciclo maquiavélico de las metas, finales, impuestas obligatoriamente, sin molduras y decididamente alcanzables.

El brillo desgastado de los espejos del viejo edificio, alzándose contra el cielo diurno y nocturno, creando una mampara de quimeras indiscutibles en la indivisibilidad, pero reflectora de opresiones inimaginables a otra hora no tan distinta, un compilado de un solitario día de reflexiones sin sentido, sin necesidad, sin miedo incontable.

Vislumbré a cada hombre con respectivos carteles que denominaran su estado momentáneo, intangible y secreto, callado por astros refugiados en la inmensidad de un universo que se jactaba de su infinitud, mas ahora brotaba como una verborragia descerebrada, vómito barriendo lo desconocido, permitiendo la claridad de pensamientos sin previo o posterior margen de error.

Pero que tedioso, pensé. Disciplinado, riguroso, transmitido inequívocamente.

La interesante sencillez de aprender a no pecar de ignorancia, comercializar, profesar, residía en absorber, periódicamente, el aprendizaje como un arte. Como un instituto del continuo socorro.

Disparémonos con las palabras, constituyamos que las mismas totalicen oro en lugar de importarlo. Conquistémonos con ellas, que son pábulos de soldaduras, máculas, desvíos. Barajémonos, demostrando nuestra excelente calidad de tergiversadores.

No suministremos término a que el mundo incite una estampida, condicionémoslo con una actitud calculadora, pero no mecánica. Duremos lo que nos corresponda durar, pero proveamos batallas en cada santiamén, en cada relámpago, no desertemos fácilmente la ruta que puede, con su derecho inventado, ambicionar irrumpir un ajeno.