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viernes, 21 de mayo de 2010

Para que lo sepas


Despertaba analizando, como en miles de ocasiones, mi vagabundeo por el mundo, mis pasos desanimados determinando el ciclo maquiavélico de las metas, finales, impuestas obligatoriamente, sin molduras y decididamente alcanzables.

El brillo desgastado de los espejos del viejo edificio, alzándose contra el cielo diurno y nocturno, creando una mampara de quimeras indiscutibles en la indivisibilidad, pero reflectora de opresiones inimaginables a otra hora no tan distinta, un compilado de un solitario día de reflexiones sin sentido, sin necesidad, sin miedo incontable.

Vislumbré a cada hombre con respectivos carteles que denominaran su estado momentáneo, intangible y secreto, callado por astros refugiados en la inmensidad de un universo que se jactaba de su infinitud, mas ahora brotaba como una verborragia descerebrada, vómito barriendo lo desconocido, permitiendo la claridad de pensamientos sin previo o posterior margen de error.

Pero que tedioso, pensé. Disciplinado, riguroso, transmitido inequívocamente.

La interesante sencillez de aprender a no pecar de ignorancia, comercializar, profesar, residía en absorber, periódicamente, el aprendizaje como un arte. Como un instituto del continuo socorro.

Disparémonos con las palabras, constituyamos que las mismas totalicen oro en lugar de importarlo. Conquistémonos con ellas, que son pábulos de soldaduras, máculas, desvíos. Barajémonos, demostrando nuestra excelente calidad de tergiversadores.

No suministremos término a que el mundo incite una estampida, condicionémoslo con una actitud calculadora, pero no mecánica. Duremos lo que nos corresponda durar, pero proveamos batallas en cada santiamén, en cada relámpago, no desertemos fácilmente la ruta que puede, con su derecho inventado, ambicionar irrumpir un ajeno.

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Pájaros han volado.