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miércoles, 8 de septiembre de 2010

Los pájaros interplanetarios



Ella veía en el mural un grupo de garzas marcianas preocupadas por el indescifrable existencialismo, enredadas cual mata de polvo incandescente, deshilvanadas como telares antiquísimos de tierras orientales donde el humo de los fogones encierra historias rememoradas en las noches de estrellas y búhos. Ella contradecía los colores vivaces con su interpretación doliente sobre los rostros de las aves, el curandero de un pueblo hecho trizas en un tiroteo desfavorecedor.

Él, en un descuido, había derramado pintura sobre la pared, esparciendo la vertiente denigrante de la imaginación ajena.

Ella tenía un mundo que comenzaba con el abecedario, y a cada sustancia confería una voz, con un riego de rosas deshilachadas que hablaban sobre ecuaciones humanas… Arañaba cada superficie con su mente, un fragmento de vidrio evocaba el pasado, miles de manos eran capacitadas para portarlo en su intervalo, quizá una mujer europea lo lucía en forma de zarcillo simulando las joyas que había dejado en su tierra natal, tal vez un reparador asistiendo un televisor en blanco y negro rompió una botella y, en consecuencia, dejó caer el transparente material.

Ella parecía derramar a través sus poros lo espiritual y energético, por esta variante nunca nadie se atrevió a decirle que aquel mural, no era mural, sino mancha de un distraído. Buscó por años al creador de la obra para pedirle una explicación y murió en la gloria de no haberla encontrado.

Que se lleven lo que gusten, decía, pues los ideales aún no pueden sustraerse, mas seré pobre en lo económico pero las convicciones hacen girar mi mundo."

Y, cuando el crepúsculo divagaba rumiando su propio final, ella repasaba el contorno de las figuras del mural que se alzaba en la intersección de las calles Francia e Hirigoyen, de fondo sonaba un tango en el bar de la esquina, mientras se preguntaba: ¿Qué pensarán, esta noche, las garzas de Marte?

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Pájaros han volado.