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jueves, 31 de diciembre de 2009



Sientes que caes en un vacío, escuchas el zumbido del aire junto a tus oídos, el corazón se precipita al encuentro con el suelo y al impresionante sonido que emite tu cuerpo contra el cemento. Pero por arte de magia antes de llegar al final, entre tus manotazos de ahogados, descubres un lugar al que sujetarte. Ahí te mantienes, rogando que aquel árbol no desee extraer sus raíces para correr, escapándose del desagradable hecho de soportarte un día más, orando porque la piedra no se mueva un centímetro con el viento que la roza. Ser una planta epofita no es nada sencillo.

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Pájaros han volado.