Como el gato que finalmente murió en el tejado, como la vuelta de aquélla Rueda de la Fortuna en Calle Menor, como el paseo de unos locos enamorados que ya ni siquiera creían en el amor.
Un rótulo perdido en el espacio, una carta guardada en el cajón, las vueltas de ésa Montaña Rusa, allá por Puerto Madero, en la estación de las abejas que no miraban hacia atrás, de los pájaros que volaban con furia y libertad, desterrados de una tierra que no besaba amapolas, que no extraña Compañía, que anhelaba las sombras del mar.




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Pájaros han volado.