
Cuando las luces del cementerio se apagaron, los faroles repletos de insectos dejaron de emitir color. El cielo se teñía de rosa, y veíamos caer la noche abrazados por primera vez.
Ambos concordamos sobre los árboles eran un poco como los de Un saco de Huesos, parecían señalar quién sabe qué. Las lápidas podían verse a la perfección, hermitañas conteniendo el aliento de un cuerpo difunto. La estatua de la virgen se movía junto con el imponente viento que helaba nuestros rostros. Nos miramos una vez de pie, vamos, no me mientas ahora, los dos sabíamos en el fondo que era la despedida, por eso nos besamos. Fue un beso frío pero necesario, de unos labios que sabían a dolor y consuelo, reproche, agonía, caminos que se separaban.
No más besos para nosotros, no más palabras de reconciliación, era un 19...y como había empezado debió terminar.
Y ahora el vacío de mi pecho es tan intenso que temo no poder llenarlo jamás.
Perdón, pero debo reconocer que hasta la despedida fue perfecta, como todo a su lado.
¿Quién jugaría conmigo a invocar espíritus? ¿Quién entendería mis frases sueltas?
Nadie, esa era la respuesta. Sin embargo no tengo más opción que enfrentarme a la realidad, teníamos todo, corazón, pero ya no puedo esperarte, es hora de que empiece a vivir mi propio destino.
La virgen blanca nos estudió con parcimonia, ¡por Dios, si hasta ella notaba que el final era absurdo!
No agradecerte sería injusto, pues fui barro moldeado por tus manos de artesano que sin saberlo me invitaron a volar, la noche estrellada me esperó y ahora que sueltas mis brazos no sé cuál de los senderos elegir.
El color rosa da lugar al negro regular de la noche, la luna llena se alza ante nosotros, esperando que los licántropos aúllen mientras indagábamos en los ojos del otro, que ya no decían nada.
Y nos alejamos de la mano. Al momento en que saltamos la reja, pues hasta el guardia del cementerio se empeñaba en no dejarnos escapar procurando cerrar cada una de las puertas con sus respectivos candados, sentimos el estruendo del lazo rompiéndose.
Buenas noches, Pistolero, jamás dejarás de ser parte de mi Ka. Quizá, quién sabe, vuelvan a unirse nuestras rutas.
Me quedo acá, con el corazón por la mitad y promesas que desearía cumplir.
Ruego que pueda hacerme más fuerte con esta experiencia, algún día daré vuelta la cabeza hacia el pasado que hoy es presente y el dolor no pesará toneladas, la nostalgia se esconderá entre los recuerdos...pero sobreviviré. ¿No?
Iré lejos con el fin de meditar y, al volver, otros brazos esperarán el regreso.
¡Qué cuchillos estremecen mi carne desmembrada en el tormento del Adiós!




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Pájaros han volado.