Buscó en la oscuridad la firmeza del suelo, agudizó sus sentidos, y tras acostumbrar su vista a la negrura intentó divisar con mayor definición los detalles del lugar.
Las paredes de piedra rojiza, percudidas por los años, desprendían un ligero polvo que volaba por el pasillo espacioso; una lengua irreconocible a causa de la falta de luz estaba impresa en las paredes, podía reconocerse a simple vista, teniendo en cuenta la cantidad de caracteres, que se trataba siempre de la misma frase, algunas veces impresa con gran pulcritud, otras garabateadas como niños que se encuentran en pleno proceso de incorporación del alfabeto, y en ocasiones variadas parecían las memorias de un esquizofrénico.
Crach, Michelle dirigió su vista al suelo, había pisado una calavera, seguramente de un viajante con ansias de poseer nuevos conocimientos.
- ¡Yorik!- murmuro; en los tiempos en que se instruía sobre literatura había tenido la posibilidad de leer novelas de otros mundos. Su situación económica se lo permitía, y poco tiempo después se encamino en esta búsqueda que muchos consideraron ridícula, acabando con los tiempos- casi- inmemorables donde el mayor problema de su vida consistía en la falta de su esclavo.
¿Quién habría sido la bestia que, en otros tiempos, se encargó de acabar con su vida? ¿Bajo que condiciones falleció el individuo? ¿Desde que siglo se remontaba aquella muerte? Las preguntas se dispersaron al instante, observo con detenimiento, cadáveres, que por sus atuendos se deducía que eran pertenecientes a todas las épocas de la existencia astral, se encontraban regados en el suelo, sin orden alguno, sin tumbas donde rezar, ni siquiera crucifijos que les diera seguridad.
Se persigno, y dedico una oración a todas las almas que yacían olvidadas en ese lugar, donde el día era noche, y la noche era melancolía.
Rebuscó en su bolso, intentado encontrar un objeto que le proporcionara algo de luz, pero las ilusiones de disiparon.
Caminó unos cuantos metros, Crach, Crarch, a cada paso que daba.
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Como si la magia de los tiempos hubiese atravesado las puertas de la muerte junto a la mano sabia de Esmirol, un destello refulgente de inteligencia suspicaz penetro en Michelle.
Corrió hacia la pared más cercana, tanteo las letras y, como imagino, estaban escritas a filo de cuchillo, utilizando los conocimientos de braile heredados de su abuelo logro descifrar el mensaje, estaba en idioma Aragon:
“Gaja esse, marucko, isse, haza daddan”
- Alumbran el océano, pueden alumbrar nuestra soledad.- recito Michelle.
Un bramido desterró de silencio al lugar, un rugir de agua llenó de preocupación su corazón, estaba segura de que en cualquier momento las catacumbas se inundarían, acabando con su búsqueda.
Cuando el agua comenzó a debatirse con mayor rapidez, Michelle alcanzo a pensar:
Matias, no puedo permitirme morir como estos viajeros ignorantes.
Luego todo ocurrió.
El sub-mundo del interior de la tierra se ilumino, el techo abovedado se encontraba circundado por una semi-esfera de cristal; dentro, cientos, miles- me aventuro a decir millones- de litros de agua se mecían cual océano invertido.
Esa especie de oleaje despertaba a las criaturas que dormían en su interior. Esponjas-lámparas; dragones negros; gusanos fluorescentes; medusas luminiscentes nadaban rememorando historias antiguas, contando anécdotas en un lenguaje que solo ellos entenderían, eran soles, y nunca dejarían de serlo. El Apocalipsis se desarrollaba en los mundos exteriores, pero sin embargo, no quitaba la belleza de estos seres.
Quizás en otros tiempos fueron divinidades, dioses, caballeros, brujas, hechiceras, su luz encandilaba hasta el ser mas descabellado y desagradable de las galaxias; Hipnotizaban con los colores de sus cuerpos danzantes, provocando un espectáculo de luces psicodélicas de forma lenta.
Michelle no podía despegar sus ojos de este acontecimiento, y una sonrisa embriagada de felicidad se extendía en su rostro entumecido a causa del cansancio, cuando se encontraba en la cúspide de los sentimientos visuales, de haber tenido posibilidad, cambiaria a Matías por lograr mirar una hora más a los seres refulgentes. Quizás un día. O tal vez una semana en las inmensidades que antaño fueron oscuras no influirían en su viaje.
Una voz la retiro de su ensimismamiento:
- Por acá, viajera del alba, no te rindas ante su espectacularidad, son solo bestias desagradables disfrazadas.
A unos veinte metros, una mujer que llevaba ropa negra, se escondía detrás de una columna. Michelle desvió nuevamente su mirada hacia el océano.
- ¿Abandonaras a aquel que te espera en el otro mundo?- una risa estruendosa se esparció por los pasillos. Michelle logro desterrar de sus órganos ópticos cualquier sentido gozoso, y miro con desprecio a la mujer.
- ¿Cómo sabes que me espera?
- Acércate y te lo diré-
Dudando, caminó a paso lento hacia su encuentro. Comprendió que los cadáveres habían muerto felices, después de todo contemplaron la hermosura que otros ojos jamás lograrían vislumbrar ni en sus sueños más remotos. De no haber sido por la extraña que interrumpió la etapa hipnótica que experimentaba su destino hubiese sido tan fatal como el de los hombres recostados. Meses sin poder despegar la vista de los techos abovedados recubiertos de cristal.
Detrás de la columna, una puerta la esperaba, impidiendo la visión de su interior se encontraba la mujer.
- ¿Estas dispuesta, viajera, a infiltrarte en las catacumbas a cambio de respuestas?- encuestó la desconocida.
- ¿Qué responderás?
- Todo aquello que atormenta tu vida, todas tus preguntas.
- No tengo tiempo para perder hablando con alguien que desconozco. Mucho menos para jugar a las preguntas y respuestas. Será mejor que continué mi camino.
- Creí que tenia tiempo, señorita, después de todo, lo gastaba observando monstruos que iluminan.
Michelle sintió desprecio en su corazón, fue instruida con el fin de no dejarse caer en trampas, y ahora podría haber muerto mirando unos animales.
Titubeo.
- ¿Cómo responderás a mis preguntas?-
- Tengo un haz bajo la manga. – la mujer sonrió maliciosamente, guiñando su ojo en un gesto de complicidad, con la mano derecha saco de su manga un mazo de cartas del Tarot. Uno de los únicos objetos universales.
Asintiendo con la cabeza, Michelle se introdujo en el pasillo que aquella dama antes no permitía ver. Volteo la cabeza una vez mas, los monstruos continuaban bailando su música gótica, esperando por nuevos intrusos para alimentarse de su ingenuidad. La única comida que encontraban era la energía de los humanos.
Un nuevo temblor estremeció el lugar, el Apocalipsis continuaba. Y en lo más profundo de su corazón Michelle sufrió el despecho de alejarse de allí.




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Pájaros han volado.