Disculpa mi ausencia repentina, no podía pronunciar palabra, ya que estaba entretenida escuchando. Ahora que las voces cesaron, al menos por el momento, contemplo el exterior con cierto recelo acumulado. Una historia a veces comienza por el final. Una orquesta de músicos muertos y cámara gótica danzaba en la oscuridad de mi pesar, brazos extendidos señalando hacia el norte, lo que nunca alcanzarían pero anhelaban con deshonra. Les sonreí, divertida, sabiendo que nunca llegarían, que estaban condenados a vagar por la inmensidad con sus instrumentos bestiales que paradojicamente emitían tranquilidad con cada nota. Me obligaron a prometer que volvería, desesperados, no tuve más opción que aceptar, después de todo siempre retornaba al comienzo. Algunos se arrastraban por el suelo, rostros tristes y manos esqueléticas suplicando ayuda, intentando recuperar ideas que perdieron hacía quién sabe ya cuanto tiempo, quizá milenios soleados y eternidades oscuras. No conforme simplemente con aceptar, les prometí, es más, les juré que cuando fuese la hora íbamos a encontrarnos y, en esa ocasión, ya no me alejaría jamas. Seriamos eternos, con un vestido negro de gala observando sus matices, en la mejor de las sillas del teatro dormiría convirtiéndome también en huesos, la compañía suponía una mejora del asunto.Nadé los kilómetros que separaban nuestros mundos, para regresar al que me correspondía por el momento. Me esperan, porque saben que no les temo. La dama de las sombras.
sábado, 25 de julio de 2009
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Pájaros han volado.