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viernes, 11 de junio de 2010

De hombres y Ríos



A través del opaco vidrio que dividía el comercio de las –en ese día- solitarias calles, a través de las gotas que regresaban al suelo antes derramándose sobre el mismo ventanal, a través de las hojas que descendían u ascendían por efecto del impulso del viento, a través de cada presentación pudo ver el negro banco de la plaza. Al lado del farol, por supuesto.

- ¿Cuál se llevará?- le preguntó el hombre de camisa y corbata que estaba delante de ella.

Sacudió su cabeza para volver a la realidad, justo cuando comenzaba a imaginar el pasado, mientras creía visualizar al Sol abriéndose refulgente paso ante las nubes prepotentes que señalaban la derrota.

- Uno que dure siete días. ¿Es posible?- contestó.

- ¿Qué dure siete días? Todos nuestros aparatos son de calidad y con garantía.- Su sonrisa se extendió, como buen vendedor. Rió, sin poder contener lo graciosas que resultaban para él aquellas palabras.

- Si…Claro, me refería- titubeó- la batería, necesito que esté cargada durante siete días, luego ya no importará.

El hombre la miró sorprendido, una ceja altanera en señal de estudiosa percepción, juntó ambas manos y las llevó a su rostro mientras debatía cuál sería el indicado.

Volvió a los minutos con un teléfono celular defensor de los modelos antiguos, asegurando que resistiría, quizás, más tiempo del solicitado. Ana sabía que mentía, pero no importaba, sólo necesitaba que durase siete días. Pagó el importe y se dirigió con rapidez a su auto, estacionado en la puerta principal del local, como el día no era óptimo para realizar compras o transacciones nadie emitió queja alguna.

Puso en condiciones al aparato que había comprado, y se apresuró para llevarlo, esa misma noche, a la casa donde su hija se había mudado. Golpeó dos veces, pero nadie atendió (era lo que esperaba, pues así las cosas sería más sencillas), por lo tanto abrió la puerta y recorrió las distintas habitaciones, pasillos, recovecos, hasta que encontró el lugar donde debía depositarlo.

A su mente recurrieron las imágenes del banco negro, las veces que habían conversado sentadas en él.

- Cuando llegue el momento, guarda el teléfono en el cajón. Si ocurre algo y, en lo más profundo del corazón, así lo deseo, te llamaré. Será nuestro secreto, pues en la nueva casa él no me dejará tener línea telefónica clásica- Le decía su hija en esa época, mientras comía algodón de azúcar y veía a los niños disputar por figuras de acción.

Ana identificó sin problemas el cajón, tiró allí el celular, desprovista de esperanzas de que Emy efectuara lo prometido. Siempre desbordó orgullo, no creía que esta ocasión fuese diferente. Pero quizás, si tenía el suficiente miedo, marcaría el número de su madre, es más, no haría falta, ya que Ana se había agendado en el celular antes de abandonarlo en el lugar acordado, sólo debía buscar el nombre y tener el valor de apretar el botón desconocido pero entendible.

Pasaron cuatro interminables días, hasta que no puedo resistir más la presión y envió ella un mensaje de texto: te extraño. Conciso, significativo, dramático en ciertos contextos. Tal vez Emy no recordaba el trato, pero si sonaba el aparato podría encontrarlo y contestar.

A medida que las horas avanzaron, mientras seguía sumando vasos con licor a su ingesta, su teléfono vibró. Sintió crujir a cada una de sus vértebras, el estómago agudizó el dolor del alcohol, y su cerebro detuvo a las neuronas. Se acercó dubitativa, viendo en la pantalla el nombre de Emy, quien después de tantos conflictos había decido olvidarse de la independencia y prefería aceptar la realidad de que esta situación le costaba tanto como a los demás, que no escapaba de sus manos.

Un mensaje tan corto como el de su madre, solamente dos palabras escritas a la fuerza pero representantes de impotencias, una mano débil escribiendo en la oscuridad alumbrada por la luz del celular, un alarido desmedido apretando Send y enviando un:

Yo también…

Ana, abatida por la nostalgia, se arrodilló y elevó sus manos a la nada, porque a dos millas de su casa y a nueve metros bajo tierra dentro de un cajón de la reconocida Funeraria Nixton quién fue su hija condenada a padecer esa maldita enfermedad desde el mismo nacimiento había mandando un mensaje de texto para ella.

Lloró como nunca antes en su vida, Emy había cumplido la promesa. Corrió hacia el coche y aceleró a velocidad extrema para llegar a la nueva casa, al cementerio donde ahora vivía la joven. Se frenó ante el mausoleo, prestando atención al silencio que recorría el lugar, sin saber si era tranquilo o exasperante. Definiciones opuestas. Ambivalencia. Ideales barrocos. Tras entrar levantó la escotilla que estaba en el centro de la habitación y, cuando se preparaba para bajar, un impulso la hizo detenerse.

Tantos años planeando la perfecta construcción del lugar. ¿Cómo iba a negárselo si era su última voluntad? Lágrimas por doquier, estaba muerta y no podía volver. Una señal no siempre es un cambio.

Los hombres con los ríos y los muertos con Dios, pensó Ana.

Y emprendió el camino de regreso a su casa. Ella la extrañaba, pero no había manera terrenal de recuperarla. Arrojó el celular a la corriente del Río de la Plata, hay mundos que no deben mezclarse. En algunos ámbitos los copos de azur son rosados, pero en otros su principal ingrediente son las telarañas del olvido.

Somos de polvo... y al polvo nos iremos, emergiendo nuestras cenizas desde la profundidad de la tierra para reencontrarnos una y otra vez.

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Pájaros han volado.