La verosímil insistencia del hombre por cubrir las esquinas con brillantes materiales luminiscentes, de increpar al secreto sobre las desventuras y la fatídica, tragicómica, obra de arte del nuevo nacer en una misma vida. Cuestionando la importancia – que posteriormente descalificaron- del dolor. Sancionando el vencer limpiamente debido a la desesperación que traía aparejado el mantenerse en pie, viendo como caían los pares insignificantes en sus costumbres y no en sus creencias.
¿Temían? ¿A caso las luces no poseían como fin único y cruel acabar con las sombras definitivamente? ¿Cómo trascender en un ámbito de blancura que impide la razón, encegueciéndonos, omitiendo el misterio que subyace a cada objeto?
Analizando la cadena que habitaba en los millones de organismos espléndidos, desplegando sus alas en ocasiones físicas y en otras místicas, rumiando referencias de las manos que habían rozado, antes que uno, la superficie porosa del recuerdo muerto.
Los castillos medievales que se prestaban a la imaginación, los espíritus que merodeaban en las calles vertiginosas del olvido colectivo, emergían del alma en momentos no indicados.
El resto, creyendo que podían omitir con lámparas la verdad, plagaron con las mismas a la ciudad entera. ¿Qué digo ciudad? Mundo debería pronunciar, pero hay excepciones que ameritan no ser mencionadas, más por miedo propio que por ignorancia.
Sin embargo algunos permenacemos, la gente oscura se aferra a su pedazo creciente de negrura sin dejarlo escapar, filtrándose en pequeños recovecos escondidos hacia lugares perdidos del alma de individuos ajenos. La gente oscura puede vivir en un mundo claro, cuando los colores se invierten en la representación culturar que arraiga a las palabras relacionándolas con un significado impuesto a la fuerza, doblegándola con usos y desusos, abarcándola y abandonándola al tiempo que corrían y, a la vez, se desgañitaban en sus estruendos. La gente oscura puede idear una vida en el siglo gris de las preguntas que tantos ilustraron aunque pertenezcan al siglo gris del desinterés.
¡Relámpagos oníricos derrumbando ladrillos opacos que conformaban viviendas excéntricas en un paralelismo que creíamos opuesto y alejado pero era circundante! ¡Oh, reducidos, no malgasten sus días persiguiéndonos con brújulas y faroles, pues sería imposible ceder a la verguenza de caer ante ustedes!




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Pájaros han volado.